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¿ESTAMOS PREDISPUESTOS A CREER EN DIOS?

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Nuestra historia nos dice que sí. A lo largo de nuestra vida en la Tierra, las distintas poblaciones han creado dioses para explicar lo desconocido por medio de mitos. La gran interrogante del humano siempre ha sido cómo llegamos aquí. Y esa pregunta llevó al hombre a inventar un sinfín de seres mitológicos con aspectos extraños. Lo llevó a atribuirles los fenómenos climáticos como la lluvia o el rayo a estos seres y a inventarles historias similares a las nuestras, con sus alegrías y sus amarguras, humanizándolos a pesar de su carácter divino, «sintiéndolos más a nuestra imagen y semejanza», tal como lo dice el antropólogo, etnólogo y sacerdote católico alemán Wilhelm Schmidt en su obra publicada en 1912, El Origen de la Idea de Dios.

Entre el 800 y el 200 a.e.c., en tres regiones distintas del mundo: China, India y Occidente, se debatía de manera independiente, y con distintos niveles de reflexión filosófica, cuál era el camino adecuado para la salvación personal y qué reglas éticas son las adecuadas: nacen algunas de las religiones más conocidas con sus respectivas normas de conducta. La historia nos cuenta cómo el monoteísmo se implantó en ciertas religiones como el cristianismo, el judaísmo y el islam donde adoran a un solo dios creador del todo. En tanto que el hinduismo, entre otras, tiene un abanico de dioses para adorar. Tal como los griegos y romanos quienes por su adoración fueron creadores de grandes maravillas arquitectónicas muchas aún de pie hoy en día.

Algunas de esas religiones, con sus respuestas a cuestiones profundas, han subsistido hasta hoy. Quizá debido a que durante mucho tiempo no se podía discutir siquiera esas ideas porque se era atacado por los seguidores de dicha religión. Bajo estas condiciones, algunos errores de razonamiento han llegado hasta nosotros. Nótese, por ejemplo, la falacia circular en el siguiente diálogo:

-¿Cómo sabes que dios existe?
–Lo sé porque lo dice la Biblia.
-¿Y cómo sabes que la Biblia es verdad?
–Porque la Biblia es palabra de dios.

Y si se vuelve a preguntar cómo sabe esto último, probablemente se responda que “porque la Biblia lo dice”, haciéndose evidente el error de razonamiento.

Argumentos similares se aprecian en todas las demás religiones. Sin embargo, son respuestas que han dejado satisfechas a millones de personas, evitando ir más allá, sin considerar siquiera la posibilidad de estar equivocado. Lo cierto es que a pesar de sus nada lógicas respuestas, las distintas religiones siguen existiendo. ¿A qué se debe? Una de las principales razones, según Richard Dawkins, es por el poder que tienen los padres sobre sus hijos para insertar ideas en un etapa tan frágil para el cerebro: la infancia. En esta etapa, nos aferramos sin cuestionar a lo que nos dicen las personas que cuidan de nosotros. En otras palabras, en la infancia y la niñez es cuando nuestro cerebro está predispuesto a creer en lo que fuera que nos dijeran las personas en las que confiamos. Es cuando cualquier fantasía es fácil de ubicar en la mente como realidad.

Pero después de todo, ¿Es malo creer en Dios?

Nuestra historia nos dice también que puede llegar a ser muy malo. ¿No es malo acaso creer que si nos hacemos volar con una bomba atada al cuerpo junto a inocentes, Dios nos premiará con vida eterna y algunas decenas de vírgenes?

Dentro de los derechos humanos se encuentra la libertad de conciencia, de creer en lo que queramos. El problema viene cuando nuestras creencias interfieren directamente con los derechos de los demás. Ya sea que lo hagamos asesinando, discriminando o ensayando discursos de odio hacia otro ser humano, una creencia puede llegar a ser bastante perjudicial. Inclusive fuera del ámbito religioso, una creencia pueden resultar bastante peligrosa. Imagínese por un momento que existe una persona que cree que la Tierra estaría mejor sin nosotros, tuviera el poder para desatar una guerra atómica que podría extinguirnos.

Sin embargo, es justo decir que existen creencias acerca de dios (o de cualquier cosa) verdaderamente inofensivas e inclusive beneficiosas. Muchas personas conservan su entereza emocional y salud psicológica tras perder a sus seres queridos con la esperanza de verlos en el más allá. Los mismos efectos puede producir creer que alguien  nos cuida desde el cielo. Si algunas personas las necesitan como bastón para ir por este valle de lágrimas, y no se hace daño a nadie, en buena hora.

Por último, muchas de las creencias que han surgido de las complejas relaciones sociales del ser humano son perfectamente debatibles. Puede discutirse si es que existen motivos suficientes para creer en tal o cual cosa, pero lo que no se puede hacer es imponer las creencias a los demás, mucho menos si se recurre a la violencia.

“Si las creencias valen de algo, deberían de resistir el examen crítico”. Richard Dawkins

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